viernes, 29 de abril de 2016

SEÑOR CHINARRO EN LA NOVA JAZZ CAVA DE TERRASSA_24/04/2016 PROGRESANDO HACIA NUEVOS LUGARES


Este pasado Domingo nos invitaron los primos a cenar. Invertimos las manillas de la brújula, y esta vez, nos adentramos en el Vallés Oriental para dar fe de la hermosura del nuevo disco del Sevillano; lejos de la martingala barcelonesa. Al refugio de las viejas fábricas del vapor textiles y antiguas salas de baile, ahora convertidas en espacios culturales. Y con el arrojo de sucumbir a un domingo tan perezoso, como tentadora lo es la idea de irse a dormir con “El Alfabeto Morse” rondándole a uno las entrañas; raya, punto, raya...
Por raro y reconfortante, es ver a los niños corretear mientras son los tíos los que ponen la cordura a ritmo de brindis. O al primo grande haciendo manitas tras los setos. También lo es irte con la calidez del tostado café todavía en la pituitaria, a poner bálsamo a la sobremesa con música; plácida y reconfortante música.
Lo es doblemente, cuando un disco como: “El Progreso”, intercede. Y de forma tan sutil recobra esos antiguos placeres, que tantas horas de escucha me dieron con: “Ronroneando/2008”, “El Mundo Según/2006”, o “Fuego Amigo/2005”. Por lo menos, en esas escuchas en bucle donde no hay excepciones que valgan cuando suenan a tumba abierta.

Dos Besugos” abriría la noche: Canciones que ya pasados diez años -por más mentira que parezca- se han tornado en clásicos de abigarrados indestructibles. De aquellas que miden tu vida con una unidad: la de la madurez. Y que ganan tremendamente en la voz de Antonio, con la serenidad y dulzura del tiempo. Con los nuevos músicos las canciones también suenan distintas, más directas, firmes y decididas; diría que hasta han mejorado o por lo menos cambiado a mejor.
Y la verdad es que volverlo a ver cinco años más tarde, en un espacio tan confortable e íntimo como la Nova Jazz Cava, me hacia especial ilusión: Una sala recogida, con una acústica diseñada con mucho cariño. El todo de un Domingo emborronado. Que hacen de un cancionero, algo familiar que ya forma parte un poco de ti y de los que allí se reunieron.
Éramos de abuelos quizás acomodados por la edad a su tono actual (más recogido). Que nos hacemos mayores, y la feminidad nos aflora por apego, pura empatía o a saber. Supongo que este trayecto largo desde que debutara con acuarela y sus inevitables dejes a The Cure y New Order solo ha entrado más luz en el salón. Pero lo cierto es que la mecánica no ha cambiado tanto como algunos reniegan. Más medios, más recursos para afinar las texturas... pero la lírica. Esa gran baza que malea con un sello ya propio, sigue deshuesando el ir y venir de la vida desde la misma mirilla anónima. Textos que para la ocasión (me) parecen, bastante más íntimos y sensibles; más poéticos. EL PROGRESO no es un disco al más puro estilo chinarrista y seguramente suponga otro giro tan determinante, como lo fue en su día “El Fuego Amigo”. La mano de J se nota y de un tiempo aquí seguramente sea el que mejor lo entienda. O simplemente una apreciación mía.

Me parecía interesante despejar la incógnita de como se comportarían los nuevos temas en directo; con músicos jóvenes y una producción ajena. Y si el temario más clásico se vería afectado por esos cambios.
He de admitir en contra de mi desconfianza, que he vuelto a descubrir otra forma de ver y oír sus canciones. Y estoy seguro que eso se debe a que el directo, es posiblemente la mejor manera de entender la música y al artista. En El Progreso las canciones entran con delicadeza y cierta timidez, en vivo y en tan solo cuatro escuchas, crecen como al guiso el buen reposo.
A “Dos Besugos” le siguieron: “Ángela” y “El Lejano Oeste”. Prueba de como han crecido igual que lo hará este último trabajo, un disco como EL MUNDO SEGÚN, que también adolecía de cierta complejidad.
Y llegaría “El Castigo”, una de esas canciones nuevas a las que me refiero cuando hablo de discreción. Sería una de las grandes de la noche. Las guitarras puntiagudas y aparentemente imperturbables del joven Jaime Beltrán, estallaron al final tan o más como la emotiva sección de cuerda que guía gran parte del disco; tremenda. Viajamos también hasta el fronterizo “Lejano Oeste” de tiempos en los que comprar una guitarra en Portugal, era una pequeña aventura narrativa. Se suplieron bien los extraordinarios y arrabaleros arreglos del tema original. Y una vez más, los acompañantes de PÁJARO JACK lo bordaron en la cadencia. “El Rayo Verde” en clave de himno y a mandar. Costó darle el tono a “Efectos Especiales”. Pero la grandeza del tema que abre lo nuevo de Chinarro gana sí o sí, porque es la digna culpable de zambullirse a pulmón en su más reciente trabajo. “Walden” recobra su tono más pop e infeccioso, familiar en la tonadilla pero demoledora en su rima.
Alguna sorpresa que no me esperaba, como “Los Amores Reñidos” o “Todo Acerca del cariño”; esta última quizás porque no es de mis preferidas. Aunque debo de admitir que de las cuatro veces que lo he visto, es de las que más he disfrutado. Segura e inesperadamente, porque le han dado mucha vida ¿músicos, otra perspectiva, la veteranía? o igual yo y el momento.

El repertorio y hasta el orden me pareció muy acertado y medido. Moduló la emoción, se hizo corto por intenso pese a las 20 canciones que tocaron.
De su anterior disco solo se coló “El Viaje Astral” y “Droguerías y Farmacias”. Y aunque hubiese preferido “Mudas y Escamas”, sonaron muy convincentes, y la segunda hasta dramática; probablemente lo más cercano a aquellas “Niño helado” o “En el panal” del 94. Desintegration de pura cepa.

Encarrilando casi el final de la velada, como dos puñaladas traperas en el costado: “Los ángeles” y “Babieca”. Seguramente dos de las canciones más grandes que ha compuesto el Sevillano en esta última década. Además ejecutadas de manera brillante en este lujo de acústica que ofrecía la Jazz Cava. La platea sentada dio hasta un regusto de hipnosis placentera de sobremesa perfecta. Las instantáneas de los mitos jazzísticos dotando de cierto misticismo al reencuentro, y la enorme bola de neón en las alturas poniendo el contrapunto mágico.

La misma magia de los acordes de “Maravilla”, que por un momento parecían homenajear a Marr y su This Charming Man. Es una de esas canciones contemplativas que enaltecen el carácter mundano de Antonio. Un vademecum imaginativo que inspira con sus textos una especie de manual de vida idóneo para disfrutarlo. “Del Montón” lo ratificó, y “Una Llamada a la Acción” por partida doble, lo elevó a redundancia absoluta. Difícil no sucumbir a ese lema.
Más, cuando El Progreso incide de manera tan emotiva, sentida y dolorosa al AMOR y las relaciones.

Él dice que -el amor- es casi siempre el recurso más práctico del músico, a la hora de escribir canciones: Nos eleva al cielo y también es capaz de lanzarnos desde el vacío a lo más hondo.
Pero las formas de explicarlo y cantarlo no siempre consiguen los mismos y melancólicos efectos. “El Alfabeto Morse”, que sonó totalmente sólo a la guitarra, es de esas. Un tema que a mi me llega, quizás por cómo lo describe; tan cruel y natural como es. Me pareció precioso, y con “María de las Nieves” y “El Progreso” de la mano, más todavía. No estaba la voz de Soleá Morente para aterciopelarlo, pero me sigue pareciendo la misma gran canción de amor de todos los tiempos. Típica si se quiere, pero inigualable por sencillez y arte.
Un desenlace con la sinergia que da un Domingo explayatorio desde la mañana a la tarde: Vermuth con PARES en el Mercantic, Viento a discreción, comida tuerta, café y copa de nit. La rúbrica final sonó a retumbe con de nuevo “Otra Llamada a la Acción”. El bueno de Antonio se comió -a drede o por cosas del hambre- media canción y la volvió a repetir entera al final; que cosas tiene mi Antonio!! Dando fe de lo grande de su último álbum. Un disco que logra cotas redondas en producción, letras, ejecución, y ese aire audaz y aplomo que le dan los jóvenes Granadinos PAJARO JACK; a seguir la pista en el Primavera Sound 2016.

Para acabar en El Café de L'Aula a golpe de Garnatxa del Montsant, Jazz y una Burguer Imaginá. Hay que ver que cosas más chulas tiene mi Terrassa!!. Quince años viviendo de espaldas a ella y de pasada, y resulta que de fauna y hábitats tiene tantos como vueltas da la vida... Que tan bella es, como distintos lo decorados donde te lleve el corassón!!




sábado, 23 de abril de 2016

SYLVAIN SYLVAIN & THE TRASH COWBOYS/THE BLACK HALOS en la Sala Monasterio. 15/04/2016



Del interés por las cosas de la flora y su renovación al: -me da un poco lo mismo- si los cerezos, o son los almendros, los que apuntan que la primavera ya esta aquí. Ese ceder el paso al tiempo para que vaya tirando... y ya lo alcanzaré. Hasta un dejarse cazar a traición y darse por presa con cierto consentimiento. En una semana en el que el digno trabajo, te veja hasta violarte.
El Viernes noche de la pasada semana tocaba revancha a las diez tocadas sí, o porque sí. Esos actos de afirmarse a uno mismo: que la modernez y el avance imparable de los tiempos, ni sabe del pasado, ni quiere dejar pruebas de razas extintas.

Y claro, cuando todos corren a apuntarse tantos. No hay mejor manera de autodeterminarse, que bajar al sótano e invocar al abuelo emparedado tras la caldera.
Esas reliquias de ánimas que imperturbables, se aparecen cada cierto tiempo para recordarnos, que nos debemos a cuatro citas mal contadas: El Rock&roll, los movimientos contraculturales de finales de los 60, y al Punk como arma arrojadiza. Todo lo demás, es puro mercantilismo para que creamos que año el cero, sucede cada cuatro; todo mentira. Tendría que venir el menudo guitarra de los alambristas New York Dolls #Sylvain Sylvain -ya sin las plataformas y con las gafas del cerca- para darnos un patada en los cojones, y ponernos firmes.
Eso sí, no obviaré que la tarde/noche de aquel caluroso Viernes llegaría a alcanzar tintes de un thriller de los Hnos. Cohen: entre lo cómico y surrealista. Todo, por esa brillante y recurrente idea reservar las entradas vía red social, la más que hipotética certeza de que no se llenaría la pequeña sala Monasterio del Port Olimpic y claro, la poca credibilidad que nos da -supongo- facebook a los que todavía vivimos en la era del vinilo, los garitos y el boca/oreja. Llámanos melómanos chapados a la antigua, pero las entradas se venden anticipadas, o tonto el último.
La cosa es que nos tuvieron casi una hora haciendo cola, para ver que tenían los cuatro nombres de las reservas escritas a boli, y allí fuera había una cola de “cal' deu”. Y la suerte es que la veteranía y el morro, son galones que solo se ganan criándose uno en un barrio. Entramos, que es lo importante. La pena, que se quedó bastante gente fuera y la mala gestión del aforo.
Historia a parte merece, el hambre que arreciábamos los allí presentes. Con los estómagos encogidos como mojinos, y las tripas bramando como una Gibson Les Poul Goldtop pasada de pedal y palanca.


Pero qué hay, que no cure la supervivencia y el cooperativismo; ná, de ná: Que ahora me arremango, que me como una especie de simulacro de Kebab para hacer eso que llaman “asiento para sembrar”. Y que no sea que por falta de comida, la bebida nos juegue una mala pasada.
Las risas también ayudaron. Esa carcajada de hiena tontorrona que a uno se le escapa, cuando la psicodelía interfiere en las conversaciones y en es la perspectiva la que se deja llevar el pos de lo absurdo; pa que forcejear... Y presentarse a escasos metros #porque todo ocurría ahí. Para ver en escena a THE BLACK HALOS: Una banda de PunkRock muy Americana de las que a mi personalmente me horrorizan, ya que me recuerdan a la BSO de Crazy Taxy y a Offspring. Y cierto. A partes de mi pasado que no quiero recordar.

Pero como digo, a veces, todo consiste y gira alrededor de la idea de teletransportarte y viajar como El Niñato en las tiras de M. Gallardo. Esa concepción del espacio/tiempo, donde uno se acomoda para vivir desde dentro lo que ocurre, porque todo lo demás son leyendas y artificios. Ese público del que ya ni se sabe, ni se escribe porque es esa versión sucia del pasado, estaba allí. Los mismos que rebuscaban pequeños antros en las medianías de Barcelona, el raval o la periferia. Y por suerte, todo lo que escapa a esos asquerosos patrones estéticos fundamentalistas sobre la modernez.
THE BLACK HALOS y su desproporcionado líder, eran como la confirmación fantasmagórica de los echos. Una parodia en si misma como la de nuestra propia existencia: comedia pura y dura para animar el cotarro. Que creo que era básicamente la misión de la banda de Vacouber, por la poca relación que guardaban con el exguitarrista de THE NEW YORK DOLLS.

Tampoco importaba mucho la verdad, yo disfruté como un enano. Pies y manos se movían al unísono tanto o más como los del propio Billy Hopeless. Y el respetable que abarrotó la pequeña sala del puerto se agitaba como solo sabe hacerlo una noche de buenas vibraciones.
Un set intenso y veloz que nos llevó al galope por los cánticos de los himnos más representativos del cuarteto canadiense: “No Tomorrow Girl”, “Ain't Nothing to do”, “Jane Doe” o “Bombs not Food”, siendo los más coreados los de su primer álbum.
Pero era evidente que la mayoría de la vieja guardia de Barcelona, estaba allí para ver a Sylvain Sylvain. Un tipo que se ha sabido ganar como nadie, desde las tripas de rock más arcano del agitador Nueva York de los 70, el respeto. Con una actitud desprejuiciada, libre y pasional, para quienes fueron los primeros pioneros del Glam Rock. Una banda, New York Dolls, en ocasiones poco comprendida y valorada. Cuando hicieron de la finura de los Rolling Stones, la vanguardia de la Velvet, y el punk más salvaje; un estilo único e inimitable. Que reivindicaba la voz de los suburbios no exento de glamour, pero sin la mojigatería del glam más estético. Ellos eran los verdaderos activistas de esa parte paria de la sociedad neoyorkina: putos, travestis, maricones y drogadisctos.
Ya lo dijo antes de comenzar el concierto: - Yo soy de New York y de español se pocas palabras, solo: Hijoputa, malnacido, pendejo y maricón. Y yo soy un maricón; con orgullo.


Estaba a punto de arrancar una noche para no olvidar, de echo hubo quien esperaba ver la sesión desde el burladero. Pero fruto de un comienzo demoledor, se quedó pegado a las primeras filas, viendo deshacerse al señor Sylvain con la electricidad de “The Cops are Coming”. 66 años y una trayectoria en la retaguardia, que no le quitan lo bailao.
Los TRASH BOYS que le daban soporte no eran otros que: Sami Yaffa (Hanoi Rocks), Stevei Klasson (Johnny Thunders) y Chris Musto (Johnny Thunders). Tres auténticos maestros con tanta clase como las canciones que sonaron, y con mucha tela que cortar. De echo seguramente, los tipos más capacitados para recuperar el temario de las muñecas de New York. Con esa elástica electricidad que hizo suya Sylvain, cuando lo que parecía simple Garaje se transformaba en muchas otras cosas: suciedad multicolor con chulería y elegancia.
Teenage News” y ese pedazo de rock&roll ramoniano que nos puso en órbita dese el minuto cero. Con “Emily” la velocidad de crucero en aumento, pasaje entregado, y la tripulación sonando igual que si nos hubieran abducido al GBGB.

A partir de ahí la cosa alcanzó niveles míticos. No solo por el repertorio que se nos venía encima. Sino porque Sylvain y banda, se lo pasan sobre el escenario mejor que cuatro adolescentes con siete vidas vividas. Van sobrados, te tiran abajo cualquier tipo de estereotipo, te renuevan por dentro mejor que el bífidus ese, y te enseñan sobretodo... cuanto le debemos a nuestro pasado.
Pills” (esa remozada versión de Bo Diddley) para ver lo bien que siguen sonando los temas de New York Dolls 45 años después; la edad que casi tengo yo, paradojas de la vida. La versión de “Femme Fatale” bestial, de las cosas que he escuchado en directo más emocionantes en años. Diferente a la original, arrastrada, sucia, pero a la vez tan extrañamente bella... “Great Big Kiss”, un pequeño homenaje a su ciudad natal con la hermosa “Leaving in New York”; canciones dignas de reivindicar.
Y como no, las míticas “Jet Boy”, “Trash” y “Personality Crisis”. Newyorkdollsizados todos y todas, rendidos a un buen rollo expansivo que se adueño de la noche. Muchas, muuuuuchas risas a costa de la felicidad que emana este tipo tan cercano y natural.
Y un final de esos de estar tan y tan a gusto. Que acabado el concierto y con esa especie de embrujo dominando todo lo que sucesivamente sonaría, allí nos quedamos.
Nos dieron las cuatro, bailamos con Sylvain en medio de la pista igual que aquel chaval de 20 años. Y lo cierto es que de este tipo de encuentros en la tercera fase, se desprenden químicas tan únicas y particulares, que hasta de la conversación más banal, surgen reflexiones ciertamente poéticas.

Sin demasiado alcohol; no crean que son siempre las sustancias las que nos inspiran. Sylvain no dejó mucho margen para escaparnos a la barra; ojipláticos que estábamos. Pudimos ver a casi todo lo más pintoresco, anómalo y auténtico de la noche barcelonesa; como solo un exDolls sabe reunirlos.
Y fue un final de velada con pocas ganas de regresar sin dejar antes constancia de lo bien que estábamos. Sin saber si es la edad la que te hace rebobinar una y otra vez esos pasajes No/olvidables: Ese apunte revelador, ese momento trascendente y reflexivo, una frase, una risa, un dato, un algo... Como queriendo dar fe, que la compañía aludida y lo vivido, son únicos.
 

martes, 12 de abril de 2016

JD MCPHERSON... ROCKIN' MONDAY (En Bikini también)_04/04/2016





Me gusta el mes de Abril, así, por la sin razón del capricho berrinchero #con pataleta incluida y todo. Que a lo mismo es por ser el mes de mi nacimiento; puede... no digo que no.
Hecho cuentas, y el de mis padres, debió ser un polvo de sudor, patinaje y calima de Julio: Procrear por matar el tiempo, o morir en el intento y de calor. Me cuadran los meses y hasta el día ( 4 del 4), como el Moon Cresta en cada cambio de pantalla.
Y aunque el tiempo se empeñase aquel lunes de Abril en dar por echo lo de: lluvias mil. Tanto de rogar como el artistazgo. La lluvia, cayó sobre nuestras cabezas como rocío vespertino.
No se si por calor incandescente que a cada uno nos profirió JD. O por frotación, cual zánganos en celo. Pero la lluvia se tornó en vapor, y el vapor en una especie de aura fantasmal por arte y gracia del Rock&roll. Algo, que aprovecho a puntualizar: nos deberíamos infligir por lo menos una vez al mes; con o sin prescripción médica.


Nos mojamos por dentro a la par que por fuera. Con esa ofrenda de trago corto; como las bulas a peseta del Santo Padre: Que el pecado expire por más que uno peque. Y que sea la birra, la que nos limpie el alma pese a perdernos al artista invitado.
El Bar Vermuth hizo de ermita. Tanto si la nueva entrada de la Sala Bikini se ha fusionado con un centro comercial. Como si los más viejos y fartuscos del lugar, todavía la ubicáramos en el Carrer Deu i Mata.
El método y el rigor dan un poco lo mismo, cuando son los eventos de chupa' cuero y tronío, los que te devuelven a los principios de un poco todo. Teddys, Rockers, mucha cera y formas bien perfiladas para la ocasión. Mucho ambiente de los de antes del progreso, y esas ganas que cimbrean al respetable cuando este menudo de Oklahoma es el que se sube al escenario con su troupe.

JD MCPHERSON puede haber firmado un segundo disco tan adecentado, que algunos andamos cazando moscas en busca de esa alma rústica del Sing and Singnifiers de 2012. Pero la mayoría sabemos, que pese a cualquier reproche. Sobre el escenario, todo vuelve al mismo punto de partida: Rock&roll a raudales, su omnipresente swim, y el espíritu de Jackie Wilson vestido de R&B en cada tono vocal.
Ha llegado a ese punto el que ha hecho del sinfín de referencias del que se nutre, un estilo tan propio como fresco. Y eso, seguramente, cuando se echa mano de referentes tan sacrosantos como Fats Domino, Little Richard, Willie Nelson o Nick Lowe, es de un mérito incalculable. Pasados los días, ha conseguido renacer mi fe en su último disco. Tanto, que me compré a la salida su vinilo (aunque he de admito que fue por un error sonámbulo). Y ahora fijaos, estoy convencido que con el paso del tiempo está predestinado a ser otro grande; como lo fue su debut.
Todo eso se debe principalmente a la personalidad expansiva y pasional que despliega cuando se sube sobre un escenario. Comunicador musical sin complejos ni poses, que funciona como una locomotora con la maquinaria que lo respalda, bien engrasada. Desde el onduloso contrabajo de Jimmy Sutton derrochando estilo, ese oriental #creo, agazapado tras los teclados que repica como un picapedrero con su escoplo, un bataca ejerciendo de resorte incansable, y esa especie de Gigolo Joe que tanto le da al saxo como a la guitarra, con idénticos resultados: Pura magia incandescente como la de un yedái armado con una fender por espada láser.
Esa nueva entrada que ha dispuesto esta nueva sala Bikini así lo recrea. Cualquiera diría que uno está descendiendo a la Estrella de la Muerte oigan. Cuando justo al entrar, suena de música ambiental el This Charming Man de The Smiths y el Sound & Vision de Bowie; ¿no es para gemir?
Y la sala al unísono, empieza a supurar esas esporas casi invisibles que anuncian una noche grande.
Lo era. Tanto que hasta me encontré con un socio laboral de Girona; de los pocos con los que puedo de hablar de música en el trabajo, y me entiendo y todo. Era esa compañía que así lo exige, cuando son dos pioneros de los que te abren sendas los que te acompañan (Xavi&Nuri), los que también se suman. Como la mayoría que se desplazó un Lunes tempestuoso hasta el otro extremo de la ciudad condal, para reforzar los cimientos del pasado, con inmortal Rock&roll. Así que con semejante conjunto alineaciones astrológicas ¿que podía salir mal?; nada amigos. Probablemente porque son las ganas de certificar algo, que con total certeza va a saciar lo mismo que ese plato de garbanzos y su vino después de una larga dieta: hambre y excelencia son la madre de la ciencia.
La entrada triunfal con “Bossy” y esas guitarras tintineantes como las de los renos de Santa, nos pusieron en marcha por puro automatismo. Y aunque el contrabajo sonó de principios un poco flojo, rápidamente fue subsanado con “Crazy Horse”: esa gema de R&B que se alumbra en Mr. Peabody.
North Side Gal” - ese primer single del 2010- haría el resto; tremenda!! puro swim!! Imposible parar los pies y no pedir a gritos abrir un corro para bailar entre tanta concurrencia. La iniciativa fue inviable. Pero apoyados en la barra del extremo derecho de la sala (ese rincón fraternal), las caderas y los pies hicieron su propia guerra; con el espacio y la multitud.

Todos se querían comer las primeras filas y era lógico. La música corría por el borde del escenario, como el des_borde del Missisipi del 27 anegando la sala. Vendrían como mareas y pleamares de R&B “I "Can't Complain” y “Fire Bug”. Cosiendo su primer trabajo terroso y espinado con “Precious” del último: Uno de los tantos que se apuntó, quizás porque nadie en su sano juicio creería caer rendido en esa parte de Blues arenoso y Doo Wop. Luego “Shy Boy” y más sensualidad a raudales; algunos ya nos cogíamos las manos. El “Abigail Blue” de Bo Diddley teñiría la sala de los momentos más añiles y auténticos: Un digno homenaje que completaría con el “Rome” del omnipresente Nick Lowe.
Mirando siempre de reojo, por mucho que algunos quisiéramos sentir esas mismas vibraciones pasajeras en su último trabajo. Se ha de estar ahí, porque la música, si bien es cierto que la queremos envasada igual que en vivo, todos sabemos que nos así; por suerte.
Sobre las tablas única e inigualable, cruje, se contorsiona y se transforma en pura química natural.

Que sí, que gustándote o no los temas, otra cosa es sentir el latigazo steel de Doug Corcoran cuando suena “It Shock me Up” y el redoble diabólico final de Jason Smay; nooo señor!!.

Momentos innombrables los que se vivieron de nuevo con “You Must Have Met Little Caroline”; seda bajo el chasquear de los dedos y la pianola. Raynier Jacob Jacildo es la hostia consagrada, así de rotundo. Sin esa trinchera de madera desde donde marca la gota malaya con sus diez dedos (tengo mis dudas...), nada sería igual.
Volvió a subir el pulso “Mother Lies”; un tema que a mi como ni fu ni fa (no todo iba a ser gloria). Es cierto que esas ocasiones menos arrolladoras, el saxo de Corcoran siempre acude en su ayuda (si fuera una sección de metales ya sería la bomba). Y para que luego digan, tendría que ser en los instantes en los que se instauró de nuevo el Doo Wop gratinado de “Bridgebuilder”, cuando uno acaba reconociendo la grandeza de JD McPherson. Sí, cuando esos cortes que pasaron con más pena que gloria por tu reproductor, acaban cotizando al alza, porque suenan bestiales en directo. Luego los vuelves a escuchar en casa, y es así: todo se vuelve a rememorar sin llegar jamas a igualar. Pero queda esas especie de pavor sensorial que recompone las escenas por pura motivación personal.

Como si no, “Head Over Heels” acabaría siendo junto a “Let the Good Times Roll”, dos de los momentos más álgidos de la noche.
Dos temas que en su día me parecieron tan ramplones como vulgares. Se acaban metiendo en tu subconsciente. Y son esa banda sonora que aparece en cada acto, rutina y mecanismo de tu día a día, durante toda la semana que le sigue.
Ese bajo eléctrico que rebotaba contra las paredes, tus sienes, y se convertía en un latido. Let the good Times Roll; me dejó alucinado amigos. La versión final de “Wolf Teeth” -tema insignia de su primer disco- me pareció en cambio excelsa. Que queréis que os diga, que no es por tocar las pantecontepantes; porque allí el público más feliz que una perdiz ya andaba despelotado y haciendo el pino puente.
No, nadie creo que se quejara. Pero me sobraron los primeros 5 minutos; que creo que llegó mínimo a los 8 o 13. La canción no los necesita. Es tan arrolladora que brilla por esa misma brutalidad primitiva; sin adornos ni abalorios que valgan, o esa especie de intro/canción unplugged paralela.

La verdad es que hubiera preferido en ese tiempo, un par de canciones más. De echo, diría que sonó además de entre dos o tres extras más, “Scratching Circles”. Eso, o era Jackie Wilson que se coló como un espíritu negro, poseyendo a más de uno y a JD en concreto.
Lo dicho, JD MCPHERSON en directo y feliz, esta muy muy por encima de cualquier pega que uno quiera sacarle a sus discos; posiblemente porque es animal de directo. Igualico que Chuck Prophet, otra bestia parda de los escenarios y espacios reducidos. Puro sangrín musical!!

Y me vuelvo a subrayar:
No se si por calor incandescente que a cada uno nos profirió JD. O por frotación, cual zánganos en celo. Pero la lluvia se tornó en vapor, y el vapor en una especie de aura fantasmal por arte y gracia del Rock&roll.
Sí, caía con intensidad dispuesta a acabar de mandar al carajo algún tocado, abrillantado o a confundirse con el sudor. Pero daba ya un poco lo mismo. La noche se hizo un poco nuestra secretamente y bajo tierra, como se debe conspirar en los trasteros de la ciudad.

viernes, 1 de abril de 2016

BILL RYDER-JONES, EL SENTIDO, Y LA SENSIBILIDAD en SIDECAR_17/03/2016




Pasó hace bastantes días. Tantos, que cualquiera en su sano juicio, lo habría archivado ya por siempre en sus quehaceres mundanos del día a día. Esa serie de cosas que se repiten mecánicamente, y que pasan a ser hábitos, y como tales, experiencias pasajeras que se van como las estaciones.
Pero resulta que en el desdén este tan puñetero y plácido a la vez, que maneja los minuteros de esta bitácora de un tiempo para acá. Dejar pasar las cosas, como el autobús que se nos escapa cada mañana. No implica el echo de que las cosas que me sucedan #que por pocas y nimias, sean merecedoras de ser plasmadas. Quien sabe si cualquier día me olvido de volver a casa y tengo que recurrir a los apuntes...

Bill Ryder-Jones vino a salvarme de una especie de naufragio emocional. Y como aquellas mismas circunstancias casi casuales, que me hicieron caer por primera vez en las bondades de “A Bad Wind Blows in My Heart/2013”. Acudir a verlo un Jueves cualquiera. Cuando el retumbe callejero ensordece, aturde y corta de un tajo limpio y secante las cuerdas vocales de la más mínima réplica. Todo eso, hecho un gurruño, bien compactado y de enormes proporciones. Es por así decirlo, como concentrar esa parte de rabia, desencanto, frustración y ofuscación. Apretarlo todo bien y convertirlo supongo, en un suspiro largo e infinito de amor incondicional.
Sus canciones -las de aquel disco en concreto- son más o menos eso: Reducir la velocidad y el frenesí diarios, y concentrarlos en pacientes armonías que se desbaratan poquito a poco; con cariño.
PREÁMBULOS

Como tales. El público que nos reunimos en torno al pequeño club subterráneo de Plaça Reial, no fuimos muchos. Los necesarios sin embargo.
La oferta del descarriado ExCoral, es probablemente de las más delicadas y exigentes. Ahora que mayormente, el público pide que de la simpleza y la inmediatez, esa canción socorrida con la que comer/digerir y evacuar de un solo acorde. Será que la paciencia de santos, ya solo queda en los pasos de la pasada semana santa. Tan claro debía tenerlo el guitarrista de The Coral. Que cuando la banda de Hoylake publicó su aclamado ROOTS & ECHOES/2007, puso pies en polvorosa y salió por patas. Dos historias radicalmente opuestas.

De todas formas. Me da la sensación, que aquel precioso y delicado disco que se apoyaba prácticamente en un piano, su guitarra y poco más, no fue entendido lo suficiente. West Kirby Couty Primary/2015 es otra cosa. Ni mejor ni peor, pero seguramente más cerca de los vivos que de los muertos.
Un disco que a supuesto un paso determinante y firme en la carrera del músico de Warrington. Más que nada, porque esa manera tan intimista y emotiva de levantar canciones con vida propia... Ya sabéis,ese tipo de melodías que requieren un estado anímico muy concreto para atisbar y entrar en sintonía con ellas. Y que una vez uno interioriza, crecen exponencialmente.
Esta vez, parecen alcanzar un grado de crescendo mucho más efectivo y medido.

Bill Ryder-Jones no será seguramente el mesías que venga a establecer el orden entre lo emotivo y lo arrastrado. Ya lo hicieron Radiohead, Bedhead, Sparklehorse e incluso Pavement, con distintos resultados. Pero este treintañero, por lo menos da con la clave para hallar ese difícil equilibrio entre lo sucio y brillante, lo salvaje y delicado. Para acabar sonando tremendamente conmovedor.
Lo hace además desde la timidez, la ironía y la franqueza. Atrás se ha quedado esa arrogancia británica y esa seguridad pedante. Porque Bill Ryder se desnuda por completo y se deja llevar. Ama por encima de todo sus referentes musicales y no los oculta, sino que los blande con orgullo en cada canción: El Disorder de Joy Division como modelo poético de Ian Curtis, la Velvet Underground junto a la poesía urbana de Lou Reed, o las armonías de Lightships, Teenage Fanclub... sin más que lo imprescindible. Sabe jugar con las sombras y las luces atenuando y sacudiendo; dejándose llevar. Su música sin embargo no suena exactamente a nada de eso.
Es como un pequeño manual de bolsillo con el que sobrevivir a las desmesuras, concentrando sólo la esencia de las cosas. Y que generalmente son fáciles de encontrar en autores como Johnny Cash, Roy Orbison o Gene Clark. Solo que él lo reduce a la expresión más mínima y básica. Aun y así se pueden ver flotar las esporas que sembraron ellos en el pasado; melodía y sensibilidad por encima de todo. 
 


Estar apartado en un rincón totalmente abstraído de lo que ocurre ahí fuera, también tiene ciertas ventajas y concesiones. Y es que el público sabe lo que va a escuchar y lo disfruta sin condiciones.
Reductos como Sidecar, donde apenas si se congregan cien personas tirando a largo, conecta a público y artista: Ese pacto diabólico de libre mercado sin aranceles que te adentra en la espesura del compositor; y la ejecución de su música.
Lo cierto es que con Bill además, no hay trámite para entablar una conversación entre canción y canción. En toda la extensión de su timidez y el temple susurrante que le da a su temario, hay una conexión igual que la que se tiene al escuchar sus discos. Y claro, ese detalle de quitarse importancia o congeniar con el espectador de tú a tú, y sin ningún tipo de filtro. Hace de él, un autor tan mundano y natural, que te acaba colocando en un mismo plano. Llevando a un climax de alcoba cualquier conato de rebelión histérica; que alguna hubo.

Se arrancó con “Catherine and Huskisson” y llegó el primer directo al mentón. Bajó hasta la boca del estómago y apretó fuerte los nudos del sindolor.
Un tema que proyecta toda esa órbita romántica que hacían temblar de forma más cáustica y bruta Dinosaur Jr. Pero el muy maldito sabe inteligentemente, condensarla en esa parte más despechada y dolorosa. Luego remató con crueldad y prosiguió metódicamente bisturí en mano, abriendo corazones y entrañas sin piedad. “Let's Get Away from Away” te lleva a un territorio Velvetiano más ídilico si cabe. Pero nenes, las guitarras finales que lo coronan, a mí, en el plano personal, es que me deshacen.

Esta claro que me tenía ganado. No a mi solo, creo que no hubo ni una pizca de debate. Se callaron las cotorras, los ruidos de los cubitos repicar en el fondo de los vasos, el tonto que tira de la cadena y la incauta que intenta robarle el alma con el flash de un móvil.
Dio dos pasos atrás y la cosa transcurrió como el rodar de las cintas en el proyector. “He Took You in Arms” tiñó de blancos, ocres y oscuros, la sala Sidecar; joder que hermosa es esta canción. Se detuvo un instante en su anterior disco, y sonó “Wild Swans”. Sabiendo lo que se hace, como quien impone una atmósfera de neón tan sencillamente, que seduce por la vía emocional.

Para entonces, todo el mundo; en el que me incluyo. Sabía que significa llevar a escena tres discos tan escuálidos como sentidos, y no caer en el sopor.
Desaparecieron los músicos entre bastidores, y Bill Ryder sólo con su guitarra. Desgranó aquellos temas que por fuerza, debían sonar en cueros, como se gestaron: “By Morning I”, “Sea Birds” (la que cierra su último álbum, y “Put It Down Before you Break It”. Porque Bill Ryder-Jones es eso, por mucho que algunos lo quieran convertir en otra cosa más cómoda y recurrente. Ese eterno dilema para quien se le hace complicado bajar el ralentí hasta puntos de absoluta soledad sepulcral.
Obligada absoluta “Two to Birkenhead”: ese segundo corte (el de los temazos), que nos catapulta a tiempos de Crooked Rain Crooked Rain; o me vas a decir que no. Esas guitarras que se flexionan y se estiran a golpe de pedal, más universales que el acorde repetitivo de Chuck Berry. Y que podrían certificarse como D.O sónico de un tiempo muy exacto.

Una tremebunda versión de los anteriormente citados LIGHTSHIPS. Que puso en lo más alto la noche con “Two Lines”: Guitarras que se tornan infinitas, relucientes, brillantes y turbadoras. Apunto de agarrarme a alguien por la cintura levité. Cerré los ojos, y hasta olí su perfume mezclado con el cabello y el calor. “Daniel” no hizo más que incrementar la sensación larga agonía; placentera. O“Wild Roses”, que por si sola habla de tantas y tantas historias pasadas, rememoradas y rebobinadas.
Para poner la puntilla con “Satellites”: Una canción que empieza como un relámpago, y se recrea en la agonía. Sabes que acaba, se ha anunciado, seguramente lo has saboreado como nunca en la vida, pero siempre es poco. Demasiado poco para ser tan bello

Bill Ryder-Jones hizo grande la estela de joven torturado y maldecido. Dando una de esas noches inolvidables a los pocos que reunió; es así, hasta mirándolo de forma egoísta. Enroscado en su espiral personal y en su universo particular.
Aunque no se crea, cuando la situación lo precisa, se abre de par en par. Siendo como pequeñas grietas en el techo y desconchados en la pared, por donde se filtra esa luz casi inapreciable, pero resplandeciente. Un directo/noche para enmarcar y guardar bajo la cama, si señor.